Figurar lo inasible: Esculpir mi propio lenguaje
La escultura le permite a Alfredo Cota articular aquello que no se puede decir con palabras: desplazamientos internos, memorias corporales, pulsiones que se resisten a ser contenidas. En su obra, la figura animal es un código orgánico con el que ensaya, una gramática intuitiva desde donde aborda lo espiritual, lo salvaje y lo metafísico.
Esta selección de piezas responde a distintos momentos de tránsito, tanto geográficos como afectivos. El Gorila se apodera del espacio urbano sin ser un animal local; esa dislocación le interesa: la tensión entre pertenencia y extrañeza. La Garza evoca parte de su infancia, el verano en Meoqui, Chihuahua, y la primera vez, que al ver volar a una gran cantidad de estas aves, reflexionó sobre la palabra migración.
La instalación de los dos pulpos casi tocándose representa la ruptura, un gesto de desapego neuronal ante el cambio personal, cultural y geográfico constante. En el caso de la Lechuza, el proceso fue inverso: una obra nacida del inconsciente que más tarde reveló su conexión con la mitología de su lugar de origen. Surgió de un impulso, pero terminó conectando con las historias de brujas y nahuales que crecieron con el artista. En ocasiones, la obra no evoca el pasado: lo inaugura.
Alfredo Cota trabaja desde una técnica tradicional: el modelado en plastilina, que para él conserva un carácter ritual. Sin embargo, en los últimos años ha integrado herramientas como el escaneo e impresión 3D, permitiendo nuevos diálogos entre la artesanía y la tecnología. Aún así, no hay reemplazo para el gesto inicial: ese momento en que la forma emerge de una necesidad interior.
Esculpe para comprender, para recordar, para comunicarse y para fijar un instante antes de que se disuelva. Sus figuras no son ilustraciones; son condensaciones de experiencias, vestigios sensibles de una realidad que se transforma al ser observada.